17.5.10

Llegaste a tiempo

Debí haberte encontrado diez años antes o diez años después. Pero llegaste a tiempo.
Antes, me hubiera gustado conocerte con libertad, sin restricciones.
Sin limites ni complejos.
Despues, con calma y serenidad,
Con paciencia y el tiempo que me permite la experiencia.
Te conoci a tiempo, a tiempo de encontrarte,
Para saber que existias, para llenar mis ojos y mi boca de tu sabor.
Para encontrarnos en el mismo tiempo y espacio.
Para disfrutarte y que me disfrutes,
Para tocarte y que me toques.
Para que supieras que yo estaba aqui para que me tomaras.
Y que me dejaras tomarte a ti
No fuiste antes ni después. Fuiste a tiempo.
A tiempo para que me enamorara de ti.

10.5.10

...Pero me las aguanto

Hay días que me dan ganas de casarme, pero me las aguanto. Hay días que me dan ganas de tener un bebé, pero me las aguanto. Hay días que me dan ganas de mudarme y mandar todo a la chingada. Pero me las aguanto. Hay días que me dan ganas de regresar el tiempo, pero me las aguanto. Hay días que tengo ganas de saber que habría sucedido si... Pero me las aguanto. Hay días siento ansías de saber como será mi futuro, pero me las aguanto. Hay días que tengo ganas de llorar, pero me las aguanto. Hay días que me dan ganas de ser diferente sin perder esencia, pero me las aguanto. Hay días que me dan ganas de regresar a la universidad, pero me las aguanto. Hay días que tengo ganas de mojarme bajo la lluvia, pero me las aguanto. Hay días que tengo ganas de tomar un diplomado en algo, pero me las aguanto. Hay días que tengo ganas de ponerme a gritar y cantar en la calle, pero me las aguanto.


   Y el otro día me dieron ganas de enamorarme. Pero ese día no me aguanté. 


   Creo que no debería aguantarme nadita y nomás hacerlo. Y que chingue a su madre.
   Hoy tengo ganas de besarte. Y hoy sí me las aguanto, pero porque estás lejos. But not for long.
   No te aguantes las ganas tú tampoco.

  Los sueños nunca deberían ser aguantados. 


P.D. Las mejores decisiones en la vida son las que se toman con amor

9.5.10

Treceavo

Sintió la arena caliente bajo sus pies y miró al horizonte. No había nada allí. Ni acá, pensó. Ya nada me detiene. Ni aquí, sobre la arena que me escueza los pies, ni allá, dentro del agua salada que me escocerá la piel tostada por el sol. Quiso correr, pero en vez de ello se quedó mirando el agua. No tenía fin y el principio se movía incierto al compás de las olas; como ella, sin principio ni fin. Quiso gritar, pero tampoco pudo. Sintió como se quedaba sin respiración y al mismo tiempo, con un hueco enorme en las entrañas y el pecho, como en esos sueños donde vuelas y de repente caes en un vacío que no parece tener fin y en un sobresalto, despiertas en medio de la noche, con el corazón latiéndote a mil. Nunca logras llegar al fin del vacío. 
   Recordó como solían ir en auto a la costa, como con sus pies descalzos sobre el tablero sentía la brisa marina acariciarle la cara. Sentía el vapor que la rodeaba y se imaginaba bañándose en una tina de aceite. Así se sentía con ese calor que le calentaba el alma. Él la miraba de vez en cuando, entre la carretera y la sorpresa de hallarse a su lado. Siempre le dijo que no podía creer que tenía una mujer así para sí mismo; un simple mortal. Entonces ella tampoco quiso decirle que sí, que era un tipo demasiado ordinario y que, efectivamente, no sabía que hacía al lado de un tipo como el. No se lo dijo entonces. No se lo diría jamás. Era bueno, quizás demasiado. Y ella, como todo en su vida, se guardaba. Se guardaba de el y se guardaba de sí misma. En momentos, se creyó muda. 
   Pero hoy, hoy explotaba porque se sintió libre por primera vez en su vida. Él lo supo y ella vio en sus ojos que no era un secreto ya. En esa fracción de segundo en que sus miradas se cruzaron no estuvo segura de tener el valor de irse. Pero entonces percibió el enojo y dejó de importarle. Era libre.
   Así como estaba; descalza y con el traje de baño de dos piezas encima; corrió y corrió para nunca regresar. Y entonces no se dio cuenta, pero se daría cuenta después: que ella, así como era, callada, tonta y todo; ella estaba hecha para correr, para sentir la brisa marina en la cara y correr el tiempo que le diera la gana. Porque ella era así, libre. Aunque nadie nunca en la vida se lo hubiera explicado y aunque todos los hombres a su alrededor le hubieran dicho que ella era una mujer que debía estar con alguien siempre. En ese momento pensó que bien podía estar sola y correr todo el tiempo y distancia que se pudiera. Ni siquiera le preocupaba ir casi desnuda. No. Nada le preocupaba, inclusive habían dejado de preocuparle los últimos ojos que se habían posado sobre los suyos, esos ojos tristes (al principio) que le imploraban quedarse, esos ojos, que al final se habían mirado enojados. Esos ojos que le decían "después de todo lo que yo he hecho por ti y... ¿así te vas?". Las cosas que él dijo entonces no quiso ni imaginarlas. A decir verdad, ni siquiera le importaban. Era libre. Libre con su cuerpo, libre con su pensamiento, libre con su futuro....
   Miro la playa sola, sin un alma. No sabía ni qué hora era, ni cuanto tiempo había pasado. Imaginaba que era ya tarde, el sol se ocultaba. Sintió su largo cabello tocar con las puntas cada pedazo de sus hombros. Sintió como el flequillo en su frente se elevaba con el aire, permitiéndole ver el mar con todo su esplendor. Sintió de nuevo la brisa sobre cada milímetro de piel sobre su cara pero entonces fue diferente a esas veces en el auto. Removió de su cuerpo cada pieza que la relacionara con el mundo que quedaba en tierra. Entonces no sintió la mirada de él encima, rogándole quedarse, no sintió la presión de regresar a casa a su lado, no sintió la quietud de su vida, no sintió la nula emoción en su corazón, no sintió la "nada" en sus entrañas. Allí parada sobre la arena caliente, con el sol en su cara, con el aire tibio envolviéndola, respirando el olor salino, viendo el azul del mar, sintiendo que volaba, con el corazón henchido de algo que no supo explicarse... Allí mismo ya no se sintió tan sola. Simplemente dio uno, dos, tres, cuatro, cinco pasos al frente. Entonces (por un momento nada más) sintió el agua fría cubriéndole los pies hasta llegar a sus tobillos para luego regresar al mar mismo. Sintió ganas de ser agua y disolverse con el mar. Dio el sexto paso... Y luego el séptimo. Octavo. Y sintió los muslos fríos. Ella era mar. Era aire. Era vida. Entonces sólo sintió la emoción de ser quien siempre quiso ser. Fue agua, fue mar y fue vida. Fue ella. Porque ella era esto. Noveno. Décimo. Sintió sus pezones duros. El agua fría. Agua que quizás venía del otro lado del mundo, de lugares que ella en su perra vida vería. Pensó en la vida y el amor que nunca tuvo. Respiró una vez más, pero esta vez no supo si había sido por el frío o por la emoción. El sol se ocultaba cada vez más. Doceavo. Sintió el agua helada sobre sus labios. Imagino (como tantas veces antes) que esto solamente era aceite. Estaba lista. Y entonces volvió a recordar ese sueño cuando te avientas al vacío y de repente te quedas sin aire. Despiertas. Sólo que ella sabía que esta vez de verdad no despertaría.  Sonrió. Como nunca en la vida, sonrió. En el fondo se burlaba de él. Porque ni él ni nadie la habían hecho sonreír como lo hacían este mar y ella misma. Eso la hizo explotar de emoción. Porque entonces entendió todo. Como nunca nadie más lo entendería. Entendió cada segundo de su existencia. Se supo mar, se supo aire y se supo vida. Treceavo...

   Entonces dejó de respirar y simplemente se dejó llevar. Se imagino espuma. Viajando a los lugares que nunca en su vida hubiera podido conocer. Perra vida y donde le tocó nacer. Entonces su oscura piel navegaría sobre el mar, mirando peces y tocando corales por el tiempo que ella lo deseara. Ella, que nunca había creído en dioses ni en nada, pidió le fuera permitido quedarse en el agua. Sentir el agua frío que calmaba el fuego que nadie nunca supo entender o amar. Porque ella, al final de todo, en la última de sus exhalaciones se supo eso: fuego. 

5.5.10

Los Andreses de mi vida

Quedan ya nomás dos Andreses y dos Andreas. Espero tener algún día uno, pa que sean tres. Y no sentirme tan solita. 

Quizás porque se me han ido pronto. Pero igual, supongo que debería de agradecer haberlos disfrutado los años que pude disfrutarlos. Un honor y un gusto conocerlos, pertenecer a su familia y más aún; ser recipiente de su amor. Se llevaron consigo parte de mi corazón. Y supongo que siemplemente tendré que aprender a extrañarlos. No queda de otra. 

   Al más viejito le pedí justo antes de irse que se me apareciera en sueños. Creo que no tengo porque espantarme. Le dije que por favor no lo hiciera con la mala leche de espantarme. Que viniera vestidito de blanco, gordo y cachetón (como antes de que enfermara), que nomás avisara que había llegado con bien a donde anda. Que no tuviera el tino de venir a espantarme en la noche. Igual creo que le va a valer madres y en una de ésas me anda espantando cagadísimo de la risa. No es que él fuera así, pero se divertía molestándome. Le voy a dar chance de espantar, nomás porque sé que lo pasará bomba si lo hace. Le pedí también que me mandará al hombre de mi vida. Uno que valiera la pena. Uno que fuera casi perfecto pa mi. Un hombre y no mamadas. Uno bien fuerte y bien inteligente, feo no importa, nomás que me quiera mucho. Él asintió. Pero sospecho que me daba el avión. Sin embargo, sí ha llegado un hombre. No sé si sea el bueno, no sé si sea el que yo esperaba, pero sé que llegó en un momento justo y sé también que por algo llegó ahora. Creo que no necesito más ángeles que al Andrés Diego. Con ése es más que suficiente. Muchas veces, ya en la agonía de los últimos días le dije que no tuviera miedo, que se fuera tranquilo, que íbamos a estar bien. Supongo que ese último día mi corazón sabía que algo pasaría. El insomnio la noche anterior, mi pésimo humor cuando desperté, la pesadumbre que se sentía sobre la casa. Mi cuerpo o algo en mi, ya sabía. Cuando escuché su voz diciéndome: se nos ha ido. Me alivié y al mismo tiempo no lo creí. Lloré. Me senté frente a su cuerpo, sentado sobre ese sillón que tanto odiaba. Lo vi flaquísimo, con la cara larga, la boca abierta, la faz en paz. Todavía ahora, cuando subo las escaleras por las noches y siento ese olor sobre mi cara, casi creo que voy a ver si silueta encorvada sobre aquel sillón verde, creo que lo veré con su dificultad para respirar, me pararé un rato junto a la puerta y me iré, porque soy incapaz de verlo sufrir así. Pero ahora al subir las escaleras es sólo esa sensación. Porque en una fracción de segundo, sé que ya no está, que ya se ha ido. Y que tengo que acostumbrarme a ello. Emilio Andrés me enseñó que con los meses, aprenderé a recordar ya no las cosas malas, las que me duelen, no. Aprenderé a recordar sólo las cosas buenas. Y eso deseo. El tiempo me dejará en la cabeza al Andrés Diego gordo y cachetón, recordaré sus dientes cuando raramente reía a carcajadas, recordaré todas las cosas que viví a su lado y recordaré que casi todo lo que soy, se lo debo a él. Recordaré cada uno de nuestros mejores momentos juntos. Cuando todo era mejor. Le contaré a mis hijos del Andrés Diego, el que me cuida desde allá donde está. 

   10 minutos habían pasado desde que murió. Llamamos a papá, lloró al teléfono. Llamé a Dayra y a Dariana. No contestaron. Llamé a Luis Darío. Tranquilo. Regresamos a sentarnos a su lado. No lo queríamos dejar sólo. Estábamos una al lado de la otra, viéndolo nomás. Viéndole su carita. Dándole besos. Todavía estaba caliente. Y entonces, le salió una lágrima. Una solamente. Seguro le daba tristeza dejarnos. Dejar el balneario y todo lo que éramos. ¡Joder! ¡Que también te vamos a extrañar, abuelo! Pero ya vete. Que vas a estar mejor allá. 

   Andrés Ramón (uno de los dos Andreses que quedan) llegó entonces. Temblaba cuando le di la noticia. Se sentó también con él. Lo miró. Le pedí que se quedara allí, pa no dejarlo solo. Me fui a bañar. Quise llorar mucho, pero no pude. Estaba aliviada. Incrédula. Dariana llegó después. Los ojos hinchados. Pero la misma calma de los demás. Cuando Dayra llegó, casi cuando se llevaban en cuerpo, se tiró a llorar sobre él. A pedirle perdón por no estar en ese momento. Pero seguro que Andrés Diego se lo perdonó. A ella se lo perdonaba todo. 

   Al velorio decidimos todas vestir de blanco. Malas vibras no. Porque además, él ya está mejor. Seguro que los chismosos nos criticaron todito. No importa. Cuando lo vi en su cajita, me tiré a llorar. Se veía justo como en una foto de hace 50 años: la de su boda. Igual de guapo. Hermoso. Con el cabello peinado hacia atrás y el rictus muy serio. "Así estás mejor, tu colita ya no te duele". Los chillones, los mirones y los morbosos ocuparon todos los lugares junto a él. A nosotros nos dejaron sin silla. Pero okay, no hay pedo. Al fin que fuimos nosotras las que lo disfrutamos por tantos años. Fuimos y nos sentamos en otro lado ¿Pos qué? Nos acordamos de cosas, nos reímos y nos sonreímos. Me llamó Jesús, porque él ha sido gran compañia en mis noches de insomnio y lágrimas desde la enfermedad. Platicamos horas y me distrajo con su plática. Tonta me vi, seguramente con mi carota de enamorada al teléfono en medio de un velorio. Pero no hay pedo, porque a éste, me lo mandó el Andrés Diego. Justo a las 3.30 am estábamos de regreso en la casa para dormir un rato. 3.40 todas en cama. Justo en ese momento se oyeron los pajaritos. Muchos pajaritos cantando y justo afuera de su cuarto, en la azotea. Era él, dijimos. Y cómo chingados no. Hoy hubo peda en el cielo, le dije a Dariana. Seguro que ya le están echando carrilla por serio. Pero segurito que se está riendo con sus hermanos, sus papás y el Emilio Andrés, que hace 9 meses ya que ha partido. 

   Yo a Emilio Andrés ya ni lo vi y el muy ojeis no se me aparece en sueños pa decirme como anda. Dicen los que lo han visto, que anda triste. Ojalá que cuando Andrés Diego lo haya visto, le haya puesto la regañada que quería ponerle. Pero mejor ni digo nada, que si se me aparece, sí me ando cagando. Ése sí era bien mamón y sí me anda haciendo la mala pasada. El viejito no es tan malo. Pues a Emilio Andrés ya ni lo vi. Y a veces me pregunto si el resultado no hubiera sido diferente de haber estado allí. No lo sé. El caso es que con Andrés Diego, estuve aquí every step of the way. Las cosas de la vida, que simplemente pasan y quién sabe porqué. 

   En su misa confirmé porque no pienso practicar la religión católica. El Jesucristo mamadísimo, con harto pectoral y pelo en pecho. Y el padre... Bueno, la misa fue un chisme de familia, donde además resulta que maltratamos viejitos pa quedarnos con la herencia. Has de saber, Andrés Diego, que poquito falto pa que saliéramos voladas la Dayra y yo con tu cajita pa mejor echarte unas palabras nosotras de TODO lo que significaste en la vida de muchos y sobre todo en las nuestras. En la mía. Porque, sí sabes, ¿no? Lo que fuiste, eres y serás para mi. Eres tantas cosas que ni siquiera sabría por donde empezar. Todo lo que soy, te lo debo a ti. Pinche padre y pinche gente chismosa. Con razón no quisiste rosarios ni que te enterráramos. Tú eras cero dramas. Cero enojos. Siempre dijiste que nomás no valía la pena. Algún día, gordo, quisiera ser una tercera parte de lo que fuiste tú. Tantito nomás, no puedo esperar alcanzar tal grado de bondad. 

   Me quedan Andrés Ramón y Diego Andrés. Y dos Andreas. Ya se me fueron Andrés Diego, nacido en 1926. Y Emilio Andrés, nacido en 1965. Jovenzuelos ambos. EN unos años, seguro que salen más Andreses. Mis hermanas y yo nos vamos a encargar de eso. 

   Yo no sé, abuelo, si te me pienses aparecer en sueños, si me veas, si me cuides y si estés al pendiente de uno. Pero creo que sí. Tengo fe (nomás) en ello. Yo no necesito ni dioses, ni ángeles ni nada de esas cosas porque te tengo a ti. Y eso es más que suficiente. Tengo fe, también, en que lo único que nos separan, son años. Quisiera estar más triste, llorarte más, pero creo que son sólo ideas preconcebidas. La verdad es que simplemente te extraño, pero estoy feliz por ti. Estás mejor ahora. No me queda, Abuelo, mi gordito.... No me queda más que agradecerte, por regalarme 23 años de vida a mi lado. Y al mundo, a los que te conocieron, agradecer que conocieron al mejor hombre: los años, meses, días u horas que te conocieron. Que lo agradezcan, porque se toparon con un ángel en vivo y a todo color. Y ese ángel, es el que ahora cuida mis pasos. 

Te amo, abuelo, mi gordito, don Andre, mi Andrés Diego. Por cierto, salúdame a Emilio Andrés. Y dile, que por fin, tendremos tiempo de extrañarlo a él también. Se nos fueron rápido, pero se nos fueron juntos. 

Te amo.