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18.10.11

Paula, Recetas y Cajones.


Anoche terminé Paula por segunda vez. No entiendo mi elección en este punto de mi vida... quizás creí que así podría dejar ir de la misma manera en la que Isabel dejó ir a su hija. A unas pocas horas de haber terminado el libro, con el corazón estrujado y en medio de un dolor insoportable en el pecho y en las entrañas, no sé si fue la mejor elección. 

La primera vez que lo leí, igual lloré. Lloré en varias partes del libro y disfruté la historia misma, esa autobiografía tan deliciosa en medio del realismo mágico y la descripción tropical de los sucesos. Me gusta mucho, qué le vamos a hacer, habrá a quien lo le guste. A mí me transporta. Pero siempre que llegaba el momento de hablar de Paula y de su recuperación, de la posterior desesperanza, del dejar ir sin dejar ir del todo... Allí era cuando yo me deshacía. Me recuerdo en la cama de mi abuela (tendría unos 18 años), leyendo ese libro y pensando en qué sucedería el día que la perdiera a ella, la presencia más constante, importante, amorosa y mágica de mi vida. Eso también me hacía llorar... Imaginar mi vida sin ella. Lloré también por esa madre que perdía a su hija, de a poco. La perdía en su inteligencia, en su recuerdo, en su presencia... Hasta quedarse simplemente con un cuerpo inerte y vegetal y sin dejarlo ir del todo. 

Esta vez, fue completamente diferente. Han habido 3 pérdidas muy difíciles en mi vida (todas por muertes después de prolongadas y desgastantes enfermedades). Han habido pérdidas de amores, desprendimientos de cosas materiales que bien que mal, también me dolieron mucho y cambiaron mi vida en todo sentido. Son cosas que no puedo cambiar, pero que no dejan de doler. Las últimas páginas, fueron las más difíciles. Veía a Isabel dejando ir a su hija y me veía a mi, envuelta en el dolor y en esa energía tan fuerte, dolorosa y agotadora que es la muerte. Me puedo ver intentando aliviar a mi abuelo de sus dolores de cáncer, me recuerdo en la depresión del "si yo hubiera" cuando la muerte de mi tío", me veo negando la inminente partida de mi abuela cuando yacía en su silla de ruedas sin ser la mujer que yo conociera desde pequeña. SI me esfuerzo bien, recuerdo hasta los más nimios detalles. Todos duelen. Los bonitos y los feos. Los bonitos duelen porque ya no los tengo más, porque se fueron al fondo de mi nostalgia y se despiertan con un olor, o una mirada fugaz, o una palabra... Los feos duelen porque el dolor de la gente que amamos y que no podemos aliviar siempre es el peor de todos. A donde quiera que estén, todos los que se fueron, ya están bien ahora... Pero nunca nos enseñan a dejar ir. A través de la vida nos enseñan a dar bienvenidas, pero nunca adióses.

El otro día cocinando me acordé de ella y me di cuenta de todas las cosas que tengo de ella en mi cabeza. El quitarle los corazones a los ajos, o el toque de orégano en los nopales, o los chambaretes en el punto perfecto de cocción, me di cuenta de la magia que me transmitió a través de la comida, ésa donde de toda la familia soy la única que heredó su sazón con sólo observarla. Observándola fue como descubrí que la cocina es una cosa de dejarse llevar, de bailar al compás de las ollas y de admirar como se mueven los sabores sobre las sartenes, es una cosa de sentir como se elevan los olores por las paredes de la cocina y de agregar las pizcas de sal, pimienta y especias que más nos parezcan adecuadas, sin recetas específicas, sino dejándose llevar y disfrutando uno de los procesos más sublimes y mágicos, que es la creación de comida para la gente que más amas. Así me enseñó mi abuela a amar su cocina. Ahí mismo fue donde me di cuenta que las historias de amor van más o menos así: no hay recetas. Uno se deja llevar, uno baila al compás de la vida, uno admira las nubes que se le forman al rededor, uno guarda los momentos y los olores en las partes más importantes de la mente para después poder recordarlos con nostalgia. Uno salpimenta como le da la gana, como le parezca más rico, como se le antojan a las pizcas de los dedos, todo a los tiempos que le dicta a uno el corazón, cuando sentimos que el hervor es el correcto y cuando los minutos parecen suficientes. Así también son las historias de amor. Las de los que amaron a los amores convencionales de las madres y a los que los sustituimos sin querer por los de las abuelas. Los amores de pareja, esos que inician con una mirada o los que inician con una amistad o con sexo casual. Así son los amores que sentimos por las cosas que nos apasionan, cuya chispa se prendió en nuestras cabezas en algún punto casi irreconocible de nuestras vidas. Así es el amor, todo sin receta. Y supongo que así son los adioses también. 

Tanta bruma y tanta carga y tanto dolor y tantas lágrimas y tantos adioses... que dejé de ver la luz, dejé de ser yo y me convertí en otra e hice lo peor que podía hacer: me hice la fuerte, la que podía sola, la que es muy chingona, la que lo carga todo sobre sus hombros y no pasa nada... Y como en la analogía del roble y el bambú; fui roble y me rompí. Y ahora, que estoy allí, rota, ya no sé cómo hacerme bambú de nuevo. Lo fui por unos meses hasta que... murió Albert y el mundo que con toda delicadeza fui construyendo, se me cayó encima. Pasé semanas intentando pegarme, a solas, lamiendo heridas, desgarrada en las noches en medio de llantos incontenibles... Y un día supe que ya no iba a poder más. Que sola no podía y que la bruma era demasiada para ver claro. Fue un miércoles en el que decidí que ya no podía. Y busqué  ayuda. Y volví a  terapia. 

Me senté en ese sillón negro de cuero con la Marú frente a mí , con la cajita de Kleenex al lado y de nuevo roble, intentando no llorar. En algún punto la Marú, con su voz delicada me señaló la caja de Kleenex, cuya existencia había yo olvidado. Y entonces sentí que tenía que contarle todo. Se lo conté todo, así; en orden y en desorden. "Tienes todo identificado, sólo te falta acomodarlo. Vamos a trabajar la pérdida. Son muchos pedazos de Dana que nos falta unir". Claro que tengo todo acomodado, Marú. Si tenía meses con estas ideas en la cabeza. Si sé perfectamente qué es lo que me duele.... Lo único que pasa es que no sé dónde acomodarlo todo. ¿En qué cajones de mi cuerpo lo meto todo, Marú? Y me acuerdo de Dalí y de sus cajones. Así estoy yo, Marú. Con los cajones abiertos y la ropa de dentro regada por todos lados... y he estado intentando recogerla, Marú, pero ahora ya olvidé como almidonarla y cómo doblarla. Quiero que me recuerdes cómo hacer tal cosa, Marú. Me costó tanto llegar aquí, a este sillón de cuero. Me costó tanto aceptar que no era tan fuerte como creía y que me rompí. Me cuesta tanto aceptar que hay cosas allí de toda la vida, de mi infancia y de mi adolescencia que me duelen y afectan al día de hoy, me da pena aceptarme vulnerable, débil, ¡Como si fuera algo de qué avergonzarse! Me da miedo darme cuenta de a ratos soy una Dana que no quiero ser. Entonces, hagamos una cosa, Marú: guardemos todo en los cajones, de a poco, uno por uno. "Podemos empezar por la muerte, por tu abuela, por la culpa, por tu madre, por tus relaciones de pareja".



Ya sé por donde voy a empezar en la próxima sesión, Marú. Fue lo único que no te conté. 

P.D. Se que en este tortuoso camino de las pérdidas uno se puede volver loco. Como mi abuela, que en esos últimos momentos de su vida concebía la muerte como el único escape, porque ya no era ella. No me engaño, sé que estoy en esa posición de sentir que he perdido demasiadas cosas. Quiero decir adiós, para poder dar bienvenidas. Lamento profundamente haber herido a tanta gente que no ha sabido entender mi loco proceder. He optado por encerrarme en mí a acomodar cajones. Espero con ansías el día que termine para poder retomar las cosas justo donde las dejé.


Estoy pensando mucho en Figueres. 

23.8.11

El Duende Memo

La Quinta Tetepanguito está llena de fotos. Las fotos no pasan desapercibidas al ojo que llega por primera vez al lugar... lleno de plantas, fotos, libros y recuerdos. Quizás para los visitantes constantes ver estas fotos no es cosa habitual. Pero están allí, para recordar momentos y recordar a la vasta familia. Se llama Quinta TETÉpanguito por dos cosas: Tetepango (el lugar en el que se encuentra) y Teté por doña Esther , "Teté" como le dicen de cariño. Se decidió que el amor que don Gustavo siente por las dos cosas (la Quinta y su mujer) se resumiera en ese nombre. La Quinta es un terreno amplísimo lleno de jardínes, árboles frutales, plantas y caminos para recorrerla toda. La casa está en uno de los extremos, enmarcada por un jardín interior. Es una casa reconstruida a partir de una casa de los tiempos de la Revolución (se dice que debajo de ella se hallan algunos túneles donde solían esconder a las muchachas en los tiempos de guerra).


Hay en uno de los cuartos más iluminados por un tragaluz; 4 libreros, un escritorio y un sillón reclinable donde don Gustavo se sienta a leer por horas. En uno de los libreros, entre él y su mujer se han dado a la tarea de recolectar fotos tamaño infantil de todos los miembros de la familia (4 hijos, 11 nietos, y 3 bisnietos). Doña Esther las coloca todas sobre la puerta de uno de los libreros, por detrás del cristal y a la vista de todo aquel que se pare frente a ese librero.

El otro día, sin embargo, dos de sus nietas se percataron de que faltaban en esa colección de fotos. Allí mismo, mientras comían un delicioso Mole de Olla fue que abrieron sus bolsas y regalaron a los abuelos las únicas fotos tamaño infantil que tenían en ese momento de ellas mismas.

Doña Esther las tomó en sus manos y las depositó a su lado sobre la mesa y prometió ponerlas en el librero de las fotos tamaño infantil.

Días después las nietas regresaron a la casa de los abuelos para descubrir que sus fotos no habían sido depositadas en el lugar prometido. Cuando llegó el momento de los reclamos, doña Esther, sentada sobre un baúl en ese mismo cuarto iluminado y les dijo "niñas, les voy a decir una cosa" lo dijo quedito, como si se tratara de un grave secreto, con la mirada dura. "Hay un duende en la casa". Dana la miró fijamente y entonces soltó la carcajada "Ay abuela, ¿Pero cómo va a haber duendes? Eso no existe." A lo que doña Esther respondió, con aires de sabiondez "Aunque no lo creas, los duendes sí existen. Pregúntale a tu mamá, ella también tiene uno en su casa". Dana siguió riendo, carcajada tras carcajada. "Abuela... ¿Pero cómo?"

"Pues fíjate que el otro día puse las llaves en la mesita, las llaves del zaguán. Yo recuerdo muy bien que las puse allí. Pues al día siguiente no aparecieron. No podíamos salir y a tu tío Gustavo le urgía llegar al trabajo y las llaves no aparecían. Fue el duende que me hizo la maldad, porque al poco rato las llaves aparecieron justo donde yo las había dejado la noche anterior."

Dana nunca dejó de reírse y entonces le preguntó a don Gustavo que opinaba del duende. Ya imaginaba la respuesta. Don Gustavo y doña Esther son polos opuestos en muchas cosas; ella es fiel seguidora de todas las telenovelas del 2 desde tiempos inmemoriales y él se repugna con todas ellas, por ejemplo. ¡Ya parece que don Gustavo se iba a creer el cuento del duende! Cuando Dana realizó la pregunta, don Gustavo contestó en tono sarcástico. Se burlaron juntos de la abuela y del duende. Doña Esther ardía en furia y los dejó burlarse a gusto no sin antes agregar "ya te dije que no te burles de mí, Gustavo" con esa mirada de advertencia que tienen las mujeres y que no admite repelo alguno. Sólo hasta entonces su risas se convirtieron en sonidos apagados. Lo dicho: la mirada no admitía repelos.

Días después y en medio de una comida familiar el duende y la desaparición de las fotos seguían siendo tema vigente. Resulta que el duende ya tiene un nombre: es el Duende Memo. Pues sí, por la falta de MEMOria de la abuela. Ese día en la mesa, fue la burla de todos. Volvió a echar la mirada asesina, pero en esta ocasión nadie paró. Sin embargo, fue justo en ese momento en el que Dana sintió cierto sentimiento de culpa por burlarse de una de las más firmes creencias de su abuela. Don Gustavo estaba en medio de una carcajada burlándose de su mujer cuando Dana atinó a decir:

"Bueno, abuelo, hay quien dice que tu dios también es un amigo imaginario".

Las risas y sonrisas cesaron.

Bueno, no.... yo me sigo riendo.

23.5.11

Dicotomía de la Existencia


(Y el porqué siempre habrá cosas por las cuales sonreír) 

Justo antes de que nacieras yo no me podía a explicar como es que podía amar tanto a esa bolita de carne que eras tú al estar dentro de la panza de tu madre, mi hermana. 

   Cuando tu mamá recién me dijo que te tenía a ti en sus entrañas me puse muy feliz por mí; iba a ser tía. No te voy a mentir, Dayrita. Me entristecí un poco por ella. Me dio pena que no hubiera querido viajar más o estudiar una carrera, pero finalmente y como te lo voy a decir toda la vida mi niña: acá cada quien es responsable de lo que hace y no vale la pena ser infeliz por las decisiones de otros. Tú mamá decidió que ésta fuera su vida y decidió crearte y darme a mí la oportunidad de conocerte... eso, mi nena hermosa, se lo voy a agradecer toda la vida. 

    Los meses que te estuvimos esperando fueron algo complicados, ¿Sabes? Perdimos a tu bisabuelo (el abuelo de tu madre y mío) y lo extrañábamos a cada paso, era como nuestro padre. Es una lástima que no lo conocieras... pero la vida nos demostraría que tú fuiste un regalo de él. No te preocupes, durante toda tu vida sabrás de él y aprenderás a conocerlo y amarlo, porque para tu madre y para mí haber tenido una vida a su lado fue de las cosas más maravillosas que nos sucedieron. El hecho de que tu yacieras en las entrañas de tu madre nos daba esperanzas, ¿Sabes? Porque parecía que en este panorama tan extraño y lleno de dolor por fin habría luz. Así te vimos siempre, Dayra; como lucecita en el camino. 

   Durante los 8 meses que estuviste en el vientre de tu madre aprendí a ser más expresiva... uno de los problemas de esta familia en la que viniste a nacer. Así fuimos criadas, Day. Pero conforme pasaban los meses aprendí a tocar la panza de tu madre y con mis manos te hablaba. Crecías adentro, moviéndote muchísimo. Solía tomar el vientre de tu madre y gritarte "¡Sobrinina!", tu mamá me lo permitía con esa cara de ligera molestia e irritación que ya le irás conociendo... Te voy a decir la verdad, mi niña hermosa: durante esos meses sí sentí un amor creciendo adentro de mi corazón, pero no me caía en veinte... De conocerte, de tenerte en mis brazos y de ser tía. 

   Viniste al mundo un 25 de abril de 2011 a las 11:53 pm. Justo a tiempo para ser un regalo de mi abuelo, que dejara este mundo un 25 de abril de 2010. Justo cuando saliste y los doctores te revisaron, tu madre sólo pudo verte pasar, entonces te midieron y te pesaron (51 cm y 2,500 kg). Entonces te sacaron para que tu padre pudiera conocerte, casualmente tu abuelo Darío andaba por allí y entró a conocerte. Todos los demás estábamos cenando o en alguna otra parte del hospital. Suertudo mi papá que tomó las únicas imágenes que tuvimos de ti por más de una semana. Fueron los primeros en verte. En el vídeo (que seguro te mostraremos muchas veces en la vida) mueves tu cabeza enérgicamente diciendo "hola" a la vida. Tu abuelo y tu padre te hablan, mientras el primero sostiene el celular con las manos. En algún punto de la grabación graba el piso "es que estaba embobado viéndola a ella", dijo tu abuelo. Miras a tu padre, con esos ojillos grandes que tienes y echas algunos quejidos de bebé. Eras hermosa, Day. Muy probablemente tú sientas algún día el amor que yo sentí al verte por primera vez a través del vídeo... fue como una chispita caliente de luz y estrellas y amor que se encendía adentro mío. Todavía no sé cuántas veces vi ese vídeo (seguramente más de 50). Entonces te llevaron con tu madre, abrieron la cobija que te cubría y te enseñaron asegurando que eras una niña, le pidieron que te diera pecho y no pudiste hacerlo, te veías morada. Entonces la enfermera te apartó de su lado y regresó... sin ti. Le explicó a tu madre que no te habías adaptado al ambiente y que estarías en una cama térmica. 

Yo llegué con tu madre horas después y ella estaba un poco inconsolable porque no sabía de ti, ni te había podido cargar o ver bien. Nadie más que tu padre y tu abuelo Darío te habían visto. Las enfermeras no decían nada y el doctor simple y llanamente decía que estás bien. Entonces tu madre me pidió la hora, hizo sus cálculos y decidió (férrea como es ella) que se levantaría pasadas las justo 8 horas de la cesárea para acceder al lugar donde te tenían. Así fue. Se sentó y caminó temprano en la mañana. Aún así no le dejaron verte. 

   No sabes qué días tan horribles, mi niña. A veces con diagnósticos esperanzadores y a veces con un simple "rece". Podíamos pasar de la euforia y la esperanza a la completa desolación en cuestión de unas horas. Han sido de los días más difíciles que he tenido que vivir. No toleraba saber que una cosa tan pequeñita y tan indefensa como eras tú, pudiera estar sometida a agujas, tubos, suero y medicamentos. El dolor que sentíamos todos los que jamás te habíamos visto, que llevábamos semanas esperándote, que queríamos tenerte en casa era enorme. Todos, mi nena hermosa, llorábamos por el dolor que sentíamos al imaginar todas las cosas a los que a tu corta edad te estabas viendo sometida. Fueron los odiosos días de hospital. De estar allí pegados, preguntando por ti, viviendo como autómatas, con un estrés impresionante, un dolor punzante en el corazón y un cansancio que simplemente no dejábamos que nos afectara... Apenas comiendo, apenas viviendo. 

   Entonces pedí a todos aquellos que han formado parte en la vida de tu madre y mía que si creían en dios, le rezaran por ti; que si no creían, orarán, y que si no querían hacer ninguna de las dos cosas, que te mandarán la mejor de las energías. Tus padres se molestaron conmigo y yo en ese momento no supe comprender que lo hacían por el enorme dolor que sentían. Sin embargo, yo guardé en mi corazón todos y cada uno de los buenos deseos que iban dirigidos a ti. Los atesoré como jamás había atesorado nada. Los guardé y entonces no supe qué hacer con ellos. Fue caminando de regreso a casa, en una tarde fresca, con el aire dándome en la cara, que comprendí qué era justo lo que yo podía y tenía que hacer. Entonces corrí a casa, con una desesperación enorme. Comprendí que tu conexión con tu madre es tan intensa que ella era precisamente quien podía mandarte todo lo necesario para que mejorarás. Y que lo único que yo podía hacer era mandarte todas esas cosas que precariamente decidiera guardar en mi corazón durante todas esas horas. Decidí que te lo mandaría todo hasta esa área de terapia intensiva en la que estabas y lo haría hasta cansarme y hasta quedarme vacía... Así fue, niña Dayra. Esa noche me senté y canté el Sutra del Corazón y el Sutra de la Sabiduría. Decidí que ninguna energía negativa entraría en mi ser y que lo único que tendría cabida en mi corazón sería el amor. Nada más valía la pena. Yo no creo en dios, nena. Ni siquiera en ese momento lo hice. Pero oré hasta agotarme y hasta quedarme vacía. Llamé al amor desde todos los lugares de donde te lo mandaban (inclusive de otros continentes) y formé una bola de luz en mis manos, una bola caliente, del tamaño de una pelota de fútbol y entonces, cuando el amor era lo más intenso te la mandé hasta esa incubadora en la que tú estabas. No sé cuántas noches lo hice, niña guapa. Pero recuerdo muy bien que una noche llamé a todos mis muertos (los pocos que tengo) y los junté a todos alrededor mío. Allí estaba mi abuelo Andrés y mi tío Andrés. Les pedí con lágrimas en los ojos que te cuidarán, que hicieran guardia a tu lado, velando por ti. Hicieron más que eso... te trajeron a mis brazos y entonces pude depositar en todo tu cuerpecito todo ese amor que tenía entre las manos (ese mismo amor lleno de esperanza y buenos deseos que viajara de todas partes para ti y sólo para ti) lo deposité en tus pulmones y en tu pancita, porque sabía que era justo allí donde más lo necesitabas. Entonces tuve la plena seguridad de que estarías bien. Nada podía ir mal si mi abuelo Andrés estaba velando por ti. En alguno de esos días intenté hablar con tu madre y hacerle saber que tenía que dejar todo ir para poder merecer el amor que tú le darías. Creo, mi niña hermosa, que no supe usar las palabras correctas. Con el tiempo aprenderás que guardar rencor es uno de los deportes favoritos en el mundo y que es una de las cosas más difíciles de aprender a dejar de hacer simplemente por nuestra condición de humanos. Me sentí un poco frustrada conmigo misma por no haber sabido acercarme a tu madre, pero no desistí. Y no lo hice por ti. Creo que fue entonces cuando vi un cambio increíble en tu madre. No sabes lo orgullosa que estoy de ella, mi niña. No pudiste haber tenido una mejor madre que ella... efectivamente dejó ir y con tu venida al mundo pude ver que aprendió a comprender más a su propia madre. Tu mamá será siempre la mejor mujer que conozcas, Dayra. Verás que tiene sus defectos, pero aprenderás a amarla y a aceptarla justo así. Ella dejó todo ir por ti. Perdonó por ti. Y entonces accedió a la cosa más hermosa que la vida le dio jamás que es amarte a ti y por fin tenerte en sus brazos. 

   Yo no sé que te hizo sobrevivir a las negligencias médicas o al traslado de hospital o a los pinchazos o al hecho que que hasta tu noveno día de vida pudieras por fin comer... Creo simplemente que fuiste tú. Que desde chiquita, muy chiquita, luchaste por tu vida. Espero que así sea siempre. Y verás mi niña guapa... no viniste al mejor mundo, ni a la familia perfecta. En esta vida te encontrarás con cosas horribles, con maldad, con muerte, con dolor, con sinsabores, con... con todo lo malo. Pero entonces, toda la gente que amamos y tu propia pasión por las cosas te harán ver que todo lo malo vale la pena ser vivido, simplemente por ver el otro lado de la moneda. No te imaginas cuánta gente pensó, rezó y oró por ti mientras tú estabas en el hospital... No te imaginas todo el amor que esperaba por ti. Yo, tu tía Dana, no puedo hacer más que amarte mucho, hacer de ti una buena mujer y enseñarte que sí, que hay cosas malas, pero que todas valen la pena tan sólo por el simple hecho de vivir. Tú mi niña, sólo vive. No hace falta más. 




Dayra salió del hospital el sábado 7 de mayo de 2011. Tú llevabas días rezando por ella. Ofreciste tu vida a tu dios a cambio de la de ella. Te fuiste un domingo 8 de mayo por la mañana. Algo me hizo venir a la casa paterna ese día, aún no sé qué fue. Te escuché moverte en tu cuarto y pensé en entrar, pero aún no era hora de levantarte. Me preguntan si no me arrepiento de no haberlo hecho. La verdad es que no. No hay remordimiento alguno en cuanto a ti se refiere. Te amé loca y desenfrenadamente y fuiste la única persona en el mundo (por muchos años) a la cual me permití demostrárselo mediante besos, cosquillas y abrazos. La única, abuela. ¿Cuántas veces te dije "no, tú no eres mi abuela, eres mi mamá"? Y entonces te llenabas de emoción y me decías "Ay hija", sólo eso. Cuando me di cuenta ya no estabas, entré a tu lado, toqué tu frente, abracé a mi padre y lloré en su hombro. Besé tu frente y salí al jardín, temblorosa. Con las horas me cayó el veinte... y me sentí tan mal. Se me fue mi cómplice, mi alcahueta, mi mejor consejera, mi compañera de cama, mi compañera de viajes, mi amiga, mi madre, mi más fiel fan, mi enferma (yo enfermera), mi cocinera la mejor... Eso en tus mejores años. Y aún en tus peores meses fuiste la que llevaba al baño, a la que cambiaba pañales, a la que bañaba, a la que peinaba, esa con la que me sentaba en el jardín (yo leyendo y tu tomando el sol en la silla de ruedas con ese sombrero de paja que te protegía y la Gogó a tus pies dormitando), esa con la que me acostaba a ver la TV, esa que refunfuñaba todo el tiempo por no poder comer lo que se le venía en gana, esa que regañaba por malcriada (cosas de viejillos), esa que daba una lata tremenda, la que quería dormir con mil almohadas a pesar del daño que le hacía, la que con el tiempo se hizo floja. No me importó. Nunca me importó y por eso no me arrepiento un ápice: te di todo el amor que pude darte, jamás lo medí, ni lo guardé. 

   Ahí te va una confesión: Desde muy pequeña y en algunas de esas noches en que compartimos cama, solía quedarme despierta hasta altas horas, escuchando tu respiración a mi lado... lloraba pensando en el día que te fueras y me entraba una angustia horrible al pensar en lo sola que me ibas a dejar por todo lo que significas para mí. Muchas noches que pasé a tu lado, desde mi infancia y hasta mi adultez, esa idea me causaba una angustia tremenda. No imaginaba cuál sería mi reacción el día que eso sucediera... Ese domingo lo sentí de veras. Lloré muchísimo, desconsolada. Me sentí más sola y más huérfana que nunca. Lloré por mí... Tú ya te querías ir, vivías deprimida porque habías perdido a un hijo y a un esposo. Estabas enferma y decidiste enfermarte más. Ninguno de los amores que te quedaban en la vida fue suficiente para sacarte de tu estupor. Algún tiempo estuve enojada por ello, pero hoy sé que así fue como decidiste terminar tu vida. Sé que donde quiera que estés, estás mejor que aquí. Entonces Albert... lloro por mí, porque todavía no sé cómo voy a llenar esos espacios que dejaste tú. El amor y los recuerdos permanecerán inamovibles. Pero... ¿A quién le voy a dedicar el tiempo y las bromas y los besos y los regaños y las risas y el amor y... todo lo que te dedicaba a ti? 

   Confío en mi capacidad de adaptación, abuelinga, esa que tenemos todos los seres humanos. Te voy a extrañar tanto, tantísimo. Te extrañé desde el momento en que te fuiste. Te voy a recordar todos los días de mi vida. Le contaré a mis hijos y a mis nietos de la abuela maravillosa que fuiste, les contaré de la mujer, de la esposa, de la empresaria, de la hermana, de la hija que fuiste. Y hoy, ya por último, te doy las gracias... por la niña Dayra y sobre todo por mí. No tengo como agradecer esos 24 años del amor más puro y más hermoso que jamás tuve. Gracias. 




La dicotomía de la vida y la muerte que tienen maneras muy extrañas de encontrarnos en el camino, pero siempre, siempre, siempre habrá cosas por las cuales sonreír... como cuando tu sobrina sale por fin del hospital o cuando te acuerdas de tu abuela. 


P.D. Para Dayra: Esta canción llegó a mi vida de una manera muy peculiar pero perfecta, cuando la escuché, en uno de esos días de hospital supe que esta sería TU canción y que vivirías para que yo misma te la cantara al oído.


16.2.11

Lo que no es normal es disfuncional.


El otro día fui a casa de mi papá. Volteé a mi alrededor y me dio un ataque de risa. "Esto es lo más cercano a una familia que jamás he tenido", pensé.


Una familia es una papá, una mamá y los hijos. Yo hace mucho no tengo eso. Ni recuerdo cómo era. La familia de Denisse es así. La de Ángel. La de Raúl. La de Beto. La de Eva. La de Oliva. La de... la de muchos. Conocidos y por conocer.


Pero hay familias "anormales" como la del Chino, o la de Madardo, O la de Samantha, O la de Diana, o la de Pepe, o la de Gaby, o la de Bear, o la de Aitor, o la de Natalia... o la mía.


Ese día que nos vi allí, ya metidos en una dinámica, ya casi adaptados a esta realidad, es que me doy cuenta de lo cómoda que estoy en los zapatos en los que estoy parada. Tiene mucho que ver con el hecho de que hoy soy capaz de ver lo hermoso de no tener una familia convencional y aún así querernos y de empezar a crear de la nada un amor fraternal sin compartir lazo alguno de sangre.


Me doy cuenta también de que quiero con todo mi corazón que mis hermanas, mi hermano y mis papás sean muy felices, pero que no puedo buscar la felicidad ajena ni entristecerme de las decisiones que deriven en infelicidad ajena. Lo aprendí después de muchos años de pelearme con mi familia al creer que están tomando decisiones pendejas. Me doy cuenta de que la gente no cambia, no porque no quiera, sino porque no se dan cuenta de lo fácil que es cambiar para mejorar, porque somos humanos y solemos caer en malos hábitos o defectos que luego justificamos con "así soy ¿y qué?" y que está bien. Pero así tenemos que aprender a querer a los nuestros. Porque con una pareja se vale decir "me caga que seas así, bye", pero con la familia no. La familia es un vínculo invisible, indestructible e infinito que nos persigue aunque ya no amemos o nos duela o se vaya o... y entonces, más te valdrá amarlos tal cómo son o a amargarte por ello. Tenemos que aprender a querer a la familia justito cómo es aunque nos cague. Aprendí que a veces es más fácil mantener esos lazos unidos, pero limitados. Limitados al hecho de que nos hace daño estar tanto tiempo juntos o que esa persona que amamos tiene defectos que nos son insoportables y es entonces que hay que pintar rayas que nos mantengan con el mismo amor, pero sin enojos.


Y entonces me hallé pensando en las cosas buenas. Ya no pensé en las malas. No pensé en infidelidad, ni celos, ni mentiras, ni el divorcio (todas características que a mi cómo niña no me tocaba analizar, porque era cosa de mis papás, pero que tomé como propias), no pensé en rencor, ni gritos, ni enojos, ni defectos... Me hallé (sorprendentemente) viendo las cosas con un matiz distinto. En vez de recordar lo malo y criticar lo que tengo hoy, opté por encontrar amor en lo disfuncional.




Mi familia es así: Mi mamá en Mochis con mi hermano, que a la fuerza, por cuidar a mi mamá y por vivir en un lugar lleno de narco se hizo un muchachito de 1.90 de 14 años, consentido, chillón y cariñoso. Mi mamá es una mujer súper inteligente, guapa y trabajadora que a veces anda desorientada y con miedo a la soledad que simplemente no se ha dado cuenta de que tiene que creerse la de quererse pa' saber que es lo que se merece una. Los demás vivimos en Hidalgo. Mi papá es un señor bine noble, medio flojo, que pone excusas sin darse cuenta que si no le viera lo negativo a lo simple tendría más éxito, es un ser bien lleno de amor, pero con dificultad para transmitirlo; deportista, sano y buen cocinero. Dayra es una mujer ya, casi mamá, confundida, que no sabe estar sola, inteligente, práctica, activa, enojona, inmadura que decidió unir su vida a un hombre por siempre a la edad de 21. Dariana es la introvertida, la hermosa, a veces parece superficial, pero tiene una sensibilidad increíble, tímida, inteligente, bien gritona, inoportuna y berrinchuda. Está mi abuela que es negativa, loca, grosera e hipocondríaca pero que tiene un humor involuntario loco loco que me hace olvidarme de lo demás. Mi tía la fake nalgas. Y... cuando me dí cuenta estaba Demián a mi lado. Demián es mi sobrinastro y nuevo agregado junto con su abuela (la novia de mi papá, Claudia). Y Demian es un niño bien inteligente, bien sensible, bien lindo si lo quieres, solitario a veces, que extraña mucho a sus papás. Y Claudia es una mujer sorprendente, a veces repetitiva, pero llena de conocimientos prácticos, que adora a mi papá y lo tiene re bien cuidado.


Caigo en cuenta de que ellos no cambiaron, ni cambié yo, que en teoría soy la misma pero no. Lo que cambió fueron los ojos con los que veía a mi familia, a sabiendas de que sin ser "normal" igual se puede ser feliz. Cambió mi actitud hacia ellos y mi amor se hizo sincero, sin reparar en defectos, rencores o errores ajenos. Los quiero así cómo son. No puedo hacer que dejen de pelear o enojarse, no puedo segurime preguntando por qué mis papás no están juntos o qué pasó, ya no puedo seguir dándome explicaciones de lo que ya pasó. En vez de eso hoy elijo mirar, aprender, y amar lo que me rodea, aunque sea "disfuncional".


Hoy descubrí que en la palabra "disfuncional" también hay amor.


Dedicado a todos mis amigos que no tienen una familia normal y que han vivido una ruptura tan fuerte como es la familiar (por la razón que sea) pero que aún así son de las mejores personas que hay en mi vida. Y dedicado a mis amigos con familias "normales" cuyas relaciones siempre se me antojarán fascinantes  y que siempre soportaron estoicamente mis preguntas raras y mis ojos observantes y curiosos al respecto. Dedicado a las familias perfectas que me hacen creer que aún siendo una familia "anormal" se puede ser feliz.