8.6.06

Los limones de Debajo del Arbol

Sentada en mi clase de Derecho Romano me acordé de ti regando tus plantas. Vino a mí la imagen de ti con tu sombrero de paja, acariciando al perro pastor alemán que siempre consideré psicópata y que sin embargo tu siempre supiste calmar; con la manguera verde en la otra mano, bastón al lado, usando tu outfit guayabera-pantalón-caqui que mi mamá y mi abuela solían decir que te hacían ver enclenque, sentado sobre una piedra a la sombra de un árbol. Una de las últimas veces que te vi estabas exactamente así, creo que fue junto al árbol de los membrillos… Me pusiste a recoger limones. Dura tarea. Siempre odie recoger los limones de la tierra, ya sea por el sofocante calor o por el esfuerzo de agazaparme debajo del árbol intentando no atorarme el pelo en cualquiera de las molestas ramitas que me impedían el paso hasta el limón más alejado a mi mano y tu ordenándome con tu gruesa voz y a disgusto mío- encontrar hasta el ultimo limón tirado sobre la tierra… No me pedías cortarlos del árbol, no señor, tenían que ser los más maduros y quizás los menos bonitos. Siempre quise cortarlos del árbol y siempre terminé tirada en el suelo: ¿Acaso alguna vez pude desafiarte? Puedo recordar muy bien el satisfactorio sentimiento (desde que tengo memoria) de cargar con cualquiera de los frutos de tu esmerado jardín sobre la falda de mi vestido. Eso siempre fue lo mejor de recoger los frutos del debajo del árbol. Los nísperos, las mandarinitos, las ciruelas, las granadas, las horribles naranjas agrias (que siempre tuvimos la esperanza de cosechar dulces) y mis favoritas; tus limas. Hasta el día que me muera no probaré cítricos tan sublimes como los de la Quinta TETÉpanguito. Qué genial. Que tu eterno amor por una mujer y tu amor por un lugar se resuman en una sola palabra. Ése día conociste a mi amiga y me sentí la más orgullosa de decir que eras mío. Comimos, reímos, hablamos. Lindo día fue ese. Sin planearlo. Sin buscarlo. Simplemente encontrándolo y tomándolo con ambas manos para nunca dejarlo ir… Como si fuera único, último, mágico… y en días como hoy escribir sobre ello. Y es que, después de todo, y aún en mi clase de romano, no sólo me acordé de ti, sino que te extrañé con una nostalgia impertinente. No son sólo los limones debajo del árbol… Es tu carcajada sarcástica, son tus dientes viejitos y amarillentos; tu inminente, poco y aún precioso cabello blanco; tus frágiles piernas apoyadas sobre el bastón que siempre vi como las piernas más fuertes del mundo; tu manera de hablar conmigo, que desde los 5 años me hacía sentir como un adulto; tu otrora desesperante pero exquisita manera de hacerme las cosquillas con el “Serrín, aserrán, los maderos de San Juan” mecida sobre tu regazo; tu jardín repleto de arboles, con los caminitos para las bicicletas, y la alberca que nunca hemos usado y las fallidas jaulas de los conejos y la calma con el sonido ocasional de los pájaros, y las banquitas esparcidas a lo largo de todo el terreno y la cancha del basketball, y los columpios y la resbaladilla y la bajada de piedra que me hizo la cicatriz en la rodilla y el verdísimo pasto, los pirules con los grandes columpios y el pino grande que mi abuela solía disfrazar de árbol de navidad en diciembre y ambas mesas de adobe, tan distantes la una de la otra, donde hacíamos las carnes asadas entre risas y gritos, y el jardín interior donde planté los frijolillos rojos que siempre creí hicieron brotar al pasto, y tu estudio escondido con ventana de barco; es el Huele de Noche que perfumaba sutilmente las habitaciones mientras tu contabas uno de esos cuentos inventados al instante (Minute-made); es la maravillosa experiencia de escuchar cualquiera de tus anécdotas; es tu incomparable derroche de inteligencia; es tu inmenso y loco amor hacia una sola mujer ; fueron tus ojos verdes que siempre envidié… Y ya ves que no son solo los limones de debajo del árbol. Y los ojos se me llenan de agua salada al darme cuenta: siempre lo dije, siempre lo supe, siempre lo aprecié y hoy parece existir sólo en el aire… Que no te conozco tanto como quisiera conocerte, porque una de las experiencias inagotables en mi vida siempre fue esa: conocerte todos los días y en todos los sentidos. Y de repente mi vida cambió y lamento no tenerte a mi lado, aunque solo sea para verte las pecas de la cara. De repente tu imagen es tan nítida en mi cabeza. Y así, como esa frase “de repente”, la vida cambia, tu recuerdo aparece y la vida puede terminarse. Tiempo relativo, tiempo inexistente, tiempo que se agota y finalmente, tiempo sin ti, consecuencia de nuestras circunstancias. Tiempo que quisiera aprovechar, pero que me siento incapaz de crear. Lo único que sé con certeza es que es tiempo que quiero dejar de extrañar. Quiero volver a recoger los limones de debajo del árbol para poder cargarlos sobre la falda de mi vestido.

3 comentarios:

Paulina dijo...

Dana, me da gusto darme cuenta que no eres otra tanta del montón, eres especial y se te agadece.

Anónimo dijo...

dana, leyendo tu post, pude kasi oler esos limones y ver a esa persona ke signifiko o talvez significa tanto para ti sentada abajo del arbol de membrillos, neta pokas veces puedes leer algo de calidad n internet, y hoy es una de esas veces. eskribe mas! neta felicidades skribes komo pokas! patch

Karl dijo...

Holaa nunca conoci a mis abuelos, solo conoci historias de ellos, no se, si me hiceron falta o yo les hice falta, quiero creer que me hubieran querido, quiero creer que me hubieran protegido, quiero creer que hubiera aprendido de ellos; mis abuelas ya tampoco estan, pero me dieron tanto que aun ahora no las extraño con nostalgia, porque aun no se acaba todos los buenos momentos que tuvimos, asi siento con todas tus palabras, que aunque quieres no puedes sufrir por el, porque sigue presente en tu vida, que estes muy bien.