19.1.11

Caquitas de Hersheys

(basada en hechos reales)

Entramos a casa. Estaba oscura y no queríamos despertar a papá. Escuchábamos sus roquidos a lo lejos (cómo siempre que entramos a las 3 am, fuertes, prolongados, rítmicos). Entonces las pupilas se dilatan, intentando ver más allá de la oscuridad sin gran éxito. Bajamos del auto y sentimos el frío de octubre en la cara. Era octubre y lo recuerdo bien porque en octubre es que se festeja a San Francisco y veníamos de la feria. Algo raro se sentía en el ambiente. La luz de la cocina que era visible desde el patio hállabase prendida y no era cosa rara porque mi papá siempre ha tenido esa costumbre de dejar una luz prendida "así los rateros saben que hay alguien". Pero entonces vimos algo que se movía en la cocina, rápidamente, cómo escondiéndose. Y fue entonces que Dayra se puso tensa. 

-Emmanuel anda allí, ya viste.
-Seguro que anda bien pedo. 
-Pues sí, pero mi papá ya está dormido. 
-Pues... 
-Pinche Emmanuel. 

Pupilas cada vez más dilatadas porque repentinamente se apagó la luz de la cocina. Entramos por el cuarto de atrás (justo a un lado de la cocina). Cruzamos la puerta y podemos oír ruidos nerviosos en la sala. "¡Emmanuel" susurró mi hermana. Nada. Tomamos un vaso de agua, inquietas. Nos mirábamos en medio de la oscuridad con esa sensación que te dice que algo no anda bien. Intercambiamos algunas palabras, intentando pensar en las razones de esos ruidos y de las sombras que vimos recién llegar. "¡Emmanuel!" susurré yo, aunque quizás lo hice un poco más fuerte, porque entonces sí recibí respuesta; una suerte de sonido gutural proveniente del comedor. 

Dayra y yo nos volteamos justo al mismo tiempo, ojos abiertos y con mirada expectante. Caminamos al comedor, sigilosas en nuestros pasos, quizás por miedo, quizás por no despertar a mi padre que hállabase dormido en el cuarto contiguo. Sus ronquidos seguían siendo fuertes y constantes. Traspasamos la puerta  corrediza que separa cocina de comedor y nos quedamos allí paradas tratando de distinguir algo. Nada se veía allí. Entonces vimos a Emmanuel, parado en el resquicio de una puerta que conduce a las habitaciones sosteniendo algo en las manos. 

-¿Qué pasó? Estás bien pedo ¿Verdad?

Emmanuel apenas podía sostenerse en pie, pero alcanzó a balbucear que estaba todo bien. Y después un "ya me voy a dormir". Lo vimos caminar hacia las habitaciones, algo extrañadas, ya que siendo él cómo era, solía recibirnos siempre en medio de abrazos y bromas. Permanecimos allí paradas por unos segundos, cómo tratando de comprender. Y fue entonces que percibimos el olor: un fuerte y pesado olor que inundaba el comedor. Y entonces vi algo sobre una silla, las sillas del comedor de mi papá que antes pertenecieran a mi abuela. No entendí muy bien qué era y trataba con todas mis fuerzas oculares de distinguir por la forma de aquello que estaba en la silla de qué se trataba. Agucé mi sentido del olfato, mientras Dayra seguía un rastro en el piso, cómo pequeñas moronas oscuras a lo largo de todo el piso del comedor. Entonces fue que decidí acercarme más al cúmulo de "algo" y me incliné hacia él, con la nariz buscando respuestas. En el justo instante en que Dayra prendía la luz y mi nariz quedó a unos 5 cm del cúmulo fue que el olor me pareció inconfundible... Pesado y asqueroso olor a caca. Y al mismo tiempo que mi olfato se daba cuenta de aquello tan asqueroso mis ojos entendían todo. El cúmulo no era más que una caquita con la forma perfecta de uno de esos chocolates Kisses de Hersheys. Retiré la cabeza no inmediatamente, sino hasta que todos mis sentidos fueron capaces de reaccionar. Entonces fue que pude ver todo el panorama mientras Dayra yacía con la boca abierta analizando la situación de ese comedor antiquísimo...

La historia (que mi mente detectivesca formuló después) era clara. Dos sillas embarradas y restos de caquita yacían por todo el comedor. No hacía falta ser un sabio para darse cuenta que Emmanuel estaba tapado de pedo y que no supo distinguir muy bien la silla antiquísima de mi abuela de un excusado convencional (aunque las diferencias son más que claras). Entonces procedió a cagar sobre una silla. Sobre la otra silla se limpió (si eso es acaso posible) porque se la veía claramente embarrada (no cómo la anterior en forma de perfecto Kiss de Herseys) y posteriormente caminó al baño convencional (es que dejó evidencias indiscutibles como cuando Pulgarcito dejaba las migas para regresar a casa) para lavar sus calzones (suponemos que para este momento ya había caído en cuenta que las sillas de mi comedor no eran un excusado) que dejó tal cual, con la embarrada color marrón allí en medio de una barra de jabón de tocador con Aceite de Oliva que mi papá suele comprar. 

Los gritos de Dayra, las ganas de vomitar, las lágrimas por el comedor, un papá despierto y anonadado son detalles que podemos obviar. 

¡PERO NO MAMEN! ¡¿Tomar y cagarte en un comedor ajeno?! Tienes problemas, chavo.

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